Miércoles, 26 de Abril de 2017
Ética y estética de la dictadura venezolana

Por Juan RESTREPO

De entre las muchas imágenes que llegan en estos días desde Venezuela, destaco dos particularmente chocantes desde mi punto de vista. Una —varias en realidad porque es un video—, el asesinato de una joven; una secuencia execrable, depravada, ruin. Y la otra, la foto de una anodina ceremonia de entrega de un cuadro, una pintura ramplona y cursi en donde se le ve a Nicolás Maduro junto a Hugo Chávez, Simón Bolívar y Jesucristo.

Ambos momentos, la muerte de un ciudadano anónimo en una calle y la entrega de un cuadro iconográfico de la revolución bolivariana a quien corresponda, son manifestaciones de la ética y la estética del chavismo. La muerte es el goteo de vidas perdidas a diario en este régimen. Y el cuadro no es el primero de esta escuela pictórica: hasta Raúl Castro ha tenido el privilegio de recibir de manos de Maduro una obra de igual temática con el Che Guevara entre los motivos del lienzo.

La actividad política —como casi todo en la vida— va alentada por un compromiso moral que es el fondo, y por unas representaciones externas que son la forma. En teoría los servidores públicos han de ocuparse de la salud, la educación, el trabajo… o sea el bienestar de sus conciudadanos, y suelen hacerlo a la manera y según la idiosincrasia de sus naciones.

La revolución bolivariana, que pregona por boca de Nicolás Maduro ocuparse del bienestar de los venezolanos, lo hace matando en las calles a quienes protestan por la crisis económica que ha generado escasez de productos básicos como alimentos y medicinas, y por la falta de representación democrática; último y más significativo episodio en ese sentido, el intento del Tribunal Supremo de Justicia de asumir las funciones de la Asamblea Nacional.


Y mientras la protesta de la oposición inunda las calles de las ciudades venezolanas, Nicolás Maduro baila frente a las cámaras en un programa de televisión. Aunque quiero quedarme solo con las dos imágenes del principio, no puedo dejar de aludir a otra estampa memorable de estos días: mientras los colectivos armados del gobierno disparaban contra la gente en la calle, Maduro aparecía en televisión con unas maracas y unos timbales sobre la mesa.

La muerte que tomo como ejemplo aislado para esta reflexión me tocó presenciarla desde esa ventana que son hoy las redes sociales. Fue grabada desde un balcón por uno de los miles de reporteros anónimos que dan en nuestros días testimonio de los desafueros del régimen con la cámara de un teléfono inteligente. Era, pues, un video casero pero de suficiente nitidez y brutalidad.

Una joven de veinticuatro años que atravesaba una calle de San Cristóbal, ni siquiera se manifestaba, caminaba sola cuando apareció en moto, a unos cien metros, un grupo de sicarios armados por el gobierno. Le dispararon sin piedad, ella cayó exánime como un andrajo ya sin vida. Ellos, los asesinos, siguieron veloces y eficaces como máquinas exterminadoras. Al poco apareció otro chico, se arrodilló junto a su cuerpo bañado todavía en sangre fresca y joven, la contempló unos segundos como incrédulo. Y, finalmente, la abrazó componiendo un cuadro de dolor de esos que te quedan grabados para siempre.

Días antes o después —para el caso da igual—, Nicolás Maduro presentaba a un público que se adivinaba en la fotografía, un cuadro de considerables dimensiones en donde aparecía él mismo junto a Chávez, Bolívar, Jesucristo y una refinería de PDVSA, la petrolera estatal. El anónimo artista plasmaba así con sincretismo caribeño la iconografía de un régimen que se empeña en hacer del chavismo una religión.

A Bolívar el chavismo ya ha logrado desprestigiarlo suficiente. Llama la atención, sin embargo, la insistencia en meter a Cristo en este arroz con mango, como dicen los venezolanos, pero se ve que también lo quieren como cómplice de la tragedia a la que han llevado al país.

Es más, Alfredo Serrano Mancilla, un español, economista de cabecera del régimen, es denominado por Maduro “el Jesucristo de la economía”. No se le conoce de momento al señor Serrano ninguna multiplicación de panes y peces —que buena falta hacen— y quizá el presidente lo llama así solo por su aspecto físico, pero a la vista de los bandazos de Maduro no descarto que espere de él un milagro.

Y es que el presidente venezolano es la imagen tópica del tiranuelo latinoamericano que ha inspirado tanta literatura. De su prototipo se han ocupado muchos de los grandes escritores en lengua española de este continente y Maduro ha hecho méritos suficientes para entrar a la numerosa galería de tiranos reales que han alimentado la ficción literaria del género “novela de dictador”.

A lo mejor alguien se inspira un día en su locura, en sus disparates, en su ambición. De momento, la sangre que corre en Venezuela es real y los números dan para pocas fantasías: 30 muertos desde que comenzaron las últimas protestas a comienzos de mes y casi 1.500 de detenidos, fácil de imaginar en qué condiciones. Puro realismo trágico.