viernes, 25 de octubre de 2013
«Alfonsín, mitos y verdades del padre de la democracia», por Oscar Muiño

 

Alfonsin mediano

Buenos Aires. SudAmericaHoy (SAH)

Oscar Muiño, periodista, abogado y hombre presente en el primer equipo del Gobierno de Raúl Alfonsín, publica en unas semanas el libro, «Alfonsín, mitos y verdades del padre de la democracia» (Aguilar). La historia de Argentina entre 1927 y 2009 queda reflejada en esta biografía del ex presidente. Más de un centenar de testimonios inéditos de sus amigos, adversarios y hasta de sus enemigos, desfilan por sus páginas. SudAmericaHoy anticipa parte del capítulo que recoge los consejos de Felipe González y Giorgio Napolitano para que «el padre de la democracia» pasara rápido la página de la dictadura. El ex presidente, con criterio acertado, no les hizo caso. Por el contrario, Alfonsín dio instrucciones para que se dieran todos los pasos necesarios que derivaron con el juicio a las Juntas Militares, un acontecimiento sin precedentes en la Historia.

 -“Felipe González es el primero en insistir en poner fin —recuerda Storani—. Ellos habían salido de una transición acordada. Felipe decía que en algún momento había que cortar. También Giorgio Napolitano, del Partido Comunista Italiano, actual presidente de Italia. Vino a comer a mi casa, contaba cómo un ministro comunista había hecho la ley de amnistía al fascismo. Los franceses nos recordaban las conspiraciones de la OAS: tres o cuatro casos paradigmáticos, punto y raya”. Tonelli elogia a Felipe: “Martillaba a Raúl para encontrar una solución. Ellos lo habían vivido, la España moderna es un ejemplo de cómo tramitar un pasado atroz. Sin olvidar el pasado, lo que importa es el futuro. Los españoles no castigan a nadie; hubo amnistías en Francia, en Italia, en todas partes. Lo que hizo Alfonsín no lo hizo nadie”.

Becerra, secretario general de la Presidencia, tiene una opinión definitiva: “El Ejército estaba juramentado hasta el último cabo. La única causa que había avanzado era la de los comandantes. En otras jurisdicciones las causas sobre los cuerpos de Ejército estaban abiertas sin ningún procesado, con cientos de oficiales mencionados. Ellos tenían la sensación de que los generales se querían salvar a costa de los oficiales de menor graduación”.

“La mayoría de los jueces mostraba indiferencia ante los juicios a los comandantes. Eran muy fuertes el miedo y la presión militar. Apenas asumo en Justicia —recuerda Tonelli—, Alfonsín me expresa su preocupación por el tema militar. Una dimensión descomunal que perturbaba el desarrollo de las políticas en otros ámbitos. No me dio directivas precisas, pero sí la base de ideas que había expuesto en la campaña. Los tres niveles de responsabilidad: cárcel para los que dieron las órdenes y los que se excedieron, libertad para los que habían obedecido. Apenas asumo empiezo a trabajar con Jaunarena. Yo hago el primer intento de encontrar una solución al tema por vía administrativa. Así nacen las instrucciones a los fiscales”.

Storani recuerda que “las Cámaras de Capital y Bahía Blanca avanzaban. Las otras no hacían ni medio. Por cagones. Tampoco querían quedar mal con nosotros y dejaban pasar el tiempo. Lo mismo los fiscales. Los que empujaban eran Strassera en Capital y Cañón en Bahía; Cañón había sido voto de la Franja. Se iba armando una olla a presión, una bomba de tiempo”.

“Los tribunales se hacían los distraídos —afirma Tonelli—. Fuera de las cámaras federales de Buenos Aires y Bahía Blanca, que trabajaban con firmeza, las demás soplaban la plumita. Tenían miedo. En particular la Cámara de Córdoba, donde había actuado el general Menéndez como comandante del Tercer Cuerpo. Yo viajaba, hablaba con ellos, me decían que sí, yo volvía, no hacían nada. Estábamos en el peor de los mundos. Todos los oficiales sospechados; ninguno era condenado ni liberado de cargos. Por la inactividad de los jueces. Algunas cámaras culpaban al Tribunal Supremo de las Fuerzas Armadas, decían que no les mandaba los expedientes. Y el Tribunal Supremo ni se reunía. Mantenía una actitud de hostilidad. Ellos y muchos camaristas civiles esperaban que ocurriera algo, que los militares en actividad hicieron algo. Entonces yo me juntaba con un aeronauta auditor, el Vasco Irungaray, que en La Plata había sido estudiante reformista. De nuestras charlas nació la idea de que el Poder Ejecutivo le diera instrucciones al fiscal. Queríamos que el tribunal militar dictara sentencia, por absolución o condena, y que esa sentencia se apelara ante las cámaras federales”.

Paixao confirma: “Tonelli arranca con las instrucciones a los fiscales. Les dio forma Julio Oyhanarte, un amigo de La Plata y del MID de toda la vida”. Tonelli tiene sus preferencias: “Germán López no era flexible. Jaunarena era el hombre con mayores preocupaciones. De ninguna manera es cierto que Jaunarena representara a los militares ante el gobierno”.

Barreiro aplaude: “Cuando Jaunarena baja al Congreso a defender las instrucciones a los fiscales, dice por qué no hay que enjuiciar al resto de la institución. Da un montón de argumentos, Jaunarena lo desarrolla muy bien. Pero siguen apareciendo las denuncias”.

Una enorme marcha de descontento se organiza contra las instrucciones. Los organismos de derechos humanos, la izquierda, un pedazo del peronismo. Y el radicalismo alfonsinista. Con Jaroslavsky y los jefes de la Coordinadora a la cabeza. En esa marcha, cada abrazo palpaba algo metálico en el costado, a la altura de las costillas. Rafael Pascual admite: “¡Nunca habíamos llevado tantos fierros! Todos calzados. Pensábamos que íbamos a tener quilombo con la izquierda. Estuvimos a punto de cagarnos a tiros”.

“Los auditores militares terminaron entendiendo —marca Jaunarena—. En tres meses que trabajamos en las instrucciones no hubo ninguna filtración. El quilombo se arma cuando renuncia [Jorge] Torlasco a la Cámara Federal”. Tonelli recuerda: “No sé por qué mandó una renuncia seca. Hizo un daño muy grande. Entonces se desató algo. Y al radicalismo le faltó convicción para defender esa política. Eso condenó este sistema de solución”.

Gil Lavedra, entonces camarista, confirma que “también querían renunciar [Jorge] Valerga, [Guillermo] Ledesma, [Carlos] Arslanian.

D’Alessio y yo fuimos a Olivos a ver a Alfonsín. Jaunarena sabe que “Alfonsín tuvo miedo de que le renunciaran más camaristas. Casi me muero cuando me da la noticia de que no van las instrucciones. ‘Se me van los jueces de la Cámara’, me dice. Le contesto: ‘Lo vamos a perder a [Héctor] Ríos Ereñú’, el general que la tenía más clara; había vendido las instrucciones como la gran solución y cuando se caen las instrucciones, lo perdemos”.

No sólo se va Ríos Ereñú. También renuncia Germán López, el 2 de junio del 86. “Germán y Alfonsín terminaron enojados —se entristece Claude Nifenecker—. Me lo encuentro a Germán en el Patio de las Palmeras de Presidencia. Me contó que estaban disgustados”.

En tres años y medio de gestión el Ministerio de Defensa ha devorado a los tres amigos más influyentes del presidente: Borrás, Carranza, López. No hay reemplazo para ellos.
Los militares se reagrupan. “En el 85 arrecian las idas y venidas —afirma Barreiro—. Empezamos a hablar entre nosotros. Nos reuníamos. Uno traía al otro. Aún no estaba Rico. Estábamos [Enrique] Venturino, Gustavo Breide Obeid, yo. Se arma lo de la Cámara Federal y empiezan a convocar a mansalva. Tipos en cana. En el 86 meten en cana a subalternos míos, lo que me pone en una situación tremenda. Ya estaba todo alborotado el hormiguero. Todos nos conocíamos. Estaba instalada la premisa de hacer algo. Empezamos a exigirle a los generales que fijaran una línea a no ceder”. ¿Había alguna logia? Barreiro lo admite: “Había un grupo de oficiales que estábamos consustanciados. Prefiero dejarlo aparte porque es un tema a reconstruir entre muchas personas”. Aldo Rico afirma casi lo mismo: “El problema es cuando empiezan a citar a los oficiales subalternos. No queríamos que los soldados vayan presos”.