Viernes, 14 de Julio de 2017
Lula, más dura será la caída


Por Carmen DE CARLOS, para SudAméricaHoy

Lula cayo en desgracia antes de que el juez Sergio Moro le condenaran a nueve años y medio de cárcel. Lula pasó de ser el demonio rojo para Brasil, -antes de llegar a la Presidencia-, al líder que enamoró al planeta después de ganar las elecciones. Lula, el calamar escurridizo, cambió de color cuando hizo falta pero la tentación de abrigarse en la cueva infinita de la corrupción brasileña pudo con él. Juzgado y condenado intenta un último coletazo para despegarse de una sentencia que considera ilegítima. Se presenta como víctima y anuncia su candidatura en el 2018.

El sindicalista abrazado en los 70 a la izquierda de la izquierda, se convirtió con los años en un pragmático capaz de desarrollar una política de corte liberal sin olvidar la conciencia social que le llevó a enarbolar la bandera de “Fame cero” (hambre cero). Aquel Lula, con José Alencar, su vicepresidente empresario y evangélico, resucitó a Brasil en sus dos gobiernos consecutivos (2003-2010). El gigante sudamericano logró de la mano de su nuevo Presidente que la clase media aumentara del 34 al 53 por ciento. Los banqueros e inversores extranjeros y la vieja Europa (antes de la crisis) cruzaban el Atlántico ávidos de multiplicar sus ganancias y de formar parte del proceso de transformación y mejora de un Brasil siempre necesitado de infraestructuras, obras públicas y modernización.

La vida de Luiz Inacio Lula Da Silva tenía todos los ingredientes para hacer del hombre un mito. Era pobre, le crió, como pudo, su madre junto a sus muchos hermanos, trabajó desde chico en lo que pudo, recorrió miles de kilómetros en un camión al descubierto, enfrentó la dictadura y como sindicalista y político llegó a lo más alto. Para mayor desgracia, perdió a su mujer y a su primer hijo en el parto. Todo perfecto para hacer una película (se hizo).

Lula era el ídolo del mundo. La revista Time le daba portadas y el presidente viajaba desplegando su infinito poder de seducción por los cinco continentes. En cierto modo, se le veía como una versión sudamericana –y sin los años de cárcel- de Nelson Mandela. Pero sus parecidos fueron más fruto de la imaginación que de la realidad.
Lula no tenía formación académica pero de lejos se apreciaba su inteligencia natural, capacidad de negociación y experiencia en conflictos. Estar en la oposición le dio un curso intensivo y sostenido de política y economía.
El hombre hecho a si mismo llegó a la Presidencia y le llovieron doctorados honoris causa en universidades internacionales. Lula era feliz con el poder, los homenajes, el vino y… el dinero. La picaresca se convirtió en sistema y él, su Gobierno y el PT (Partido de los Trabajadores) mostraron el rostro tramposo de la corrupción. Millones y millones de dólares se fueron a sus bolsillos en sobornos, peajes, comisiones ilegales o regalos en forma de cohecho. El juez Sergio Moro le atrapó en esto último con un triplex en Guarujá (Sao Paulo) que le adjudica a cambio de favores a la constructora OAS (Petrobras). Lula dice que no tiene pruebas y el magistrado pone sobre la mesa una decena.
Lula, al anuncia su candidatura, desafía a Brasil y a la justicia donde tiene media docena de causas en lista de espera. Pero Lula todavía tiene un respaldo popular importante. En carrera contra el reloj de apelaciones a la Cámara, podría pasar un año hasta que tuviera que cumplir la sentencia que, se da por descontado, será ratificada. Si no se agilizan los tiempos el viejo ídolo, hoy de pies de barro, podría quedar inhabilitado en plena campaña y desatar la furia en las calles de sus seguidores. Mientras tanto, Temer, hábil ingeniero en todos los rincones de la ingeniera de la corrupción, hace equilibrios para no seguir sus pasos ni los de su antecesora en el cargo. Su presencia en el Palacio de Planalto resulta, por el agravio comparativo, funcional a Lula pero su caída le podría dar el único as en la manga para su salvación: elecciones anticipadas.

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