viernes, 12 de abril de 2019
“Acero, medias tintas y negocios en el Nuevo Mundo”, por Alfredo BEHRENS

Por Alfredo BEHRENS, para sudaméricahoyIME Universidad de Salamanca, Harvard Business Publishing, Boston Business School, Sao Paulo

Al Sur de Río Grande, el Nuevo Mundo es una imagen espejada de la Península Ibérica. Mientras que en Iberia España está al este, la mayoría de los países de habla hispana del Nuevo Mundo están al oeste. Pero la ubicación no es la única diferencia. Culturalmente están separados también. Los hispanohablantes en el Nuevo Mundo parecen ser más asertivos que que los que hablan portugués. Estas diferencias tienen implicaciones importantes para los que hacen negocios entre estos dos grupos lingüísticos.

Para explicar las diferencias, las remontaré a aquellas entre el conquistador español y el comerciante portugués. Argumento que al encontrar la ruta al Oriente los portugueses se convirtieron en mercaderes. Estos prosperan en la armonía; mientras que los navegantes españoles en el Nuevo Mundo encontraron oro y plata, que reforzaron su estilo aristocrático y beligerante.

¿Cómo se expresan las diferencias?

Se dice que los argentinos son menos complacientes al negociar. Los argentinos, debido a una cuestión de dignidad nacional, le declararon la guerra a un miembro de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) para así zanjar la disputa territorial relacionada con las Islas Malvinas.

Los argentinos han desarrollado una cultura en la cual la derrota parecería no tener lugar. Centenares de combatientes argentinos derrotados en esa guerra se suicidaron a su regreso; el abandono de Argentina con los vencidos llevó a los veteranos de la guerra a la desesperación. Como en un duelo a cuchilladas del Martín Fierro, en Argentina no habría lugar para un derrotado vivo.

En cambio, los brasileños también tuvieron una disputa territorial sobre islas. Estas emergían en el lecho del limítrofe río Paraná solo durante la estación seca y los paraguayos las reclamaban como propias. Brasil podría haber intentado someter a los paraguayos a la fuerza, como los argentinos trataron de hacerlo no solamente con los ingleses en las Malvinas sino también con los uruguayos en la cuestión de las pasteras a lo largo del río Uruguay. Pero la solución brasileña fue ofrecer sumergir permanentemente las islas titilantes del río Paraná en el lago de una represa hidroeléctrica que se construiría un día en beneficio mutuo.  Habiendo aceptado que en algún futuro un lago hundiría el hueso de la discordia, para los paraguayos no tenía sentido seguir discutiendo sobre las islas; ahora contestan los precios de la venta de la electricidad a Brasil. Pero diferencias sobre precios raramente llevan a guerras.

Una y otra vez, en las Américas hispanohablantes la actitud dura y cortante como el acero contrasta con la sinuosidad del Yo brasileño. Por ejemplo, uno podría imaginar que no hay un área más propensa a las negociaciones que la política, sin embargo, el naipe político argentino tiene un partido que orgullosamente se llama a sí mismo “Intransigente”, mientras que otro se llama a sí mismo “Radical”. Por otro lado, el lema nacional positivista de Brasil “Orden y Progreso” proviene Auguste Comte, donde está precedido por: “El amor como principio”. Incluso el himno nacional de Brasil es un testimonio del amor, la paz y el esplendor natural, mientras que el lema del escudo chileno reza “Por Razón o Fuerza “.

Podría seguir ilustrando con más evidencias de diferencias que parecen estar basadas en los diferentes roles de los principios y el honor personal. Ellos despertarían una actitud más beligerante en los países de habla española que en Brasil. Estas diferencias no significan que los brasileños son más propensos a ser deshonrosos, sino que entre los brasileños los principios tienden a ser menos espinosos que entre los americanos de habla hispana. Entre los brasileños los principios pueden también ser aceptados como un asunto de perspectivas, lo que convierte a los principios en un tema multifacético para ser discutido. Esta postura permite a los brasileños mostrarse como más maleables, más complacientes que sus vecinos de habla española. La diferencia de actitudes en parte explicaría por qué durante la represión de las dictaduras del Cono Sur desaparecieran o fueran muertos en Brasil una proporción notablemente menor de la población que la muerta o desaparecida en Argentina, Uruguay o Chile.

Los brasileños no serían menos ambiciosos, pero sí serían más flexibles. Tal vez sea por esa herencia portuguesa del comerciante, que busca soluciones gana-gana, que Brasil tiene el tamaño geográfico que tiene mientras que el antiguo imperio español se desmembró en tantas repúblicas independientes desde donde, aún hoy, el mexicano López Obrador reclama contra el Rey de España. No pareciera haber perdón entre los que hablan español.