lunes, 29 de agosto de 2016
Juan Gabriel, más que cenizas

sudamericahoy-columnistas-carmen-de-carlos-bioPor Carmen DE CARLOS

Hizo llorar de emoción al mundo. México se sentía en sus letras y en su voz. El corazón, el suyo y el de todos, palpitaba de otro modo al escucharle. Los sentimientos, con el amor por dentro y por fuera, eran su música.

Juan Gabriel transformó el dolor en arte. Conoció pronto el sufrimiento y el abuso. Aprendió «a ser agradecido» y «a perdonar». A la primera, a su madre que, apenas siendo un niño, le dejó huérfano en un internado. Allí, sobre una tabla de madera con las teclas pintadas, le enseñó a tocar el piano su maestro, Juan Contreras. En su honor se puso Juan como primer nombre artístico. Antes había intentado con Adam Luna pero no funcionó ni le gustaba. El verdadero, el de pila, era Alberto Aguilera Valadez. Sus primeros documentos de identidad los tuvo de adulto. Su madre nunca le inscribió en el registro de nacimiento.

El Juan Gabriel famoso reconocía su necesidad de «huir de la tristeza y el dolor» del pasado y su desgracia por haber sido sido, obligado por las circunstancias, «un adulto siendo niño».

La cárcel, donde nunca debió estar, le abrió las puertas definitivas al estrellato. «La Prieta linda» fue su madrina dentro y fuera de los barrotes.

Nada le fue fácil. Ni el principio, ni el final. En medio se peleó -con o sin razón-, luchó por sus derechos de autor y de intérprete y hasta se atrevió a dar un portazo a la poderosa Televisa. Fue el primer artista de la historia de México en hacerlo.

El muchachito de ciudad Juárez eligió cantar, hacer del romanticismo su vida y convertirse en ídolo. A veces con caprichosos pies de barro y otras con la majestuosidad de los grandes.

Juan Gabriel logró hacer de su vida privada un espacio íntimo no apto para curiosos y cumplió con su deseo más lúcido: «La vida hay que vivirla. Si hay que pasar a mejor vida, pues tiene que ser en ésta». 

Con mucho esfuerzo conquistó el planeta hispano de la música. Lo hizo como si fuera nadie y era todo. Le gustaba poco darse importancia o presumir pero sabía quién era. Aquel hombre bueno, susceptible y con los años, en ocasiones de aspecto ridículo, no dudaba en tender la mano para ayudar a otros. A los artistas les regalaba sus canciones y a la gente pobre su dinero y su ayuda. Formó una familia y fue padre de cuatro hijos, tres adoptados y uno biológico.

En Hollywood brilla una estrella con su nombre pero el fisco de Estados Unidos, como el de México, no le perdonaron un  dólar. 

 Juan Gabriel miraba con esos ojos rotos por la tristeza que simulaba con una sonrisa. Sabía leer el rostro ajeno y componer para otros. Lo hizo para grandes como Rocío Durcal, su media naranja en el escenario y para Isabel Pantoja, una tonadillera española de otro estilo. Con Rocío formó una pareja perfecta hasta que se rompió el encanto. Tras una breve reconciliación se abrió el abismo entre ellos. Nadie sabe con certeza qué pasó pero el mexicano la borró de su corazón. Ni en los días que el cáncer se ensañaba con «Marieta» pudo levantar el teléfono para preguntarle: ¿Cómo estás?

Juan Gabriel hacía todo con esa pasión que le hacía ser más feliz que nadie y el más triste de todos.  Se fue demasiado pronto, 66 años no es nada. «La muerte del palomo» fue su primera composición, en honor a su padre. La última grabación fue un tema para Aretha Franklin. La «Reina del soul» y el «Divo de Juárez» juntos en un disco.Fue la voz de México y de millones y millones de personas que hoy tienen el corazón llorando al saber que el suyo se paró de golpe. Donde quiera que estén sus cenizas se verá de nuevo con Rocío Durcal y quizás, se reconcilien otra vez y canten algo juntos. Público de sobra, seguro, tendrán (arriba y abajo).



Recopilación en vivo

Juan Gabriel con «La Doña»

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