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Mauricio Macri camino de la Catedral de Buenos Aires con algunos de sus ministros
Por Adolfo ATHOS AGUIAR, para SudAméricaHoy
Si bien es exagerado sostener que el nuevo gobierno argentino sea una estudiantina tardía de egresados del Colegio Cardenal Newman, de todos modos consagra una fantasía pequeño burguesa de los años sesenta, cuando los padres metropolitanos definieron una nueva cultura para los colegios privados. Aunque ni siquiera los mejores competían con la educación pública tradicional (sobre todo la dependiente de las Universidades Nacionales), todos hacían una exaltación de “sentido de pertenencia, de homogeneidad social, de determinados valores y tradiciones”, que fomentaba la aspiración de incorporar a sus alumnos en agendas -generalmente ajenas- de consolidación social.
Mientras el Onganiato empezaba a germinar el desastre educativo que fue consistentemente cultivado por todos los gobiernos posteriores, las escuelas privadas empezaban a ser pequeños criaderos de peces dorados con pretensiones de barracuda. Estas expectativas ocasionalmente se cumplían, particularmente en el ámbito de los negocios.
Paradoja a explorar, un parecido mensaje elitesco y eventualmente confesional empujaba a otros adolescentes a tensiones preliminares como Tacuara y Montoneros, instalando el miedo de entregar los estudiantes a la violencia política. Parecido era el mensaje inspirador de los Institutos Militares. En todos los casos, los mensajes institucionales abandonaban explícitamente las pretensiones igualadoras de la educación pública, motor principal de la movilidad social de casi todo el siglo XX, consagrando el principio del “liderazgo”.
Las últimas elecciones presidenciales han roto la constante de que los ex alumnos de la educación pública, aunque fuera por su mero peso demográfico, se mantuvieran en dominio de los recursos de acceso de la política. Aunque la República Argentina ha tenido muy pocas instituciones comparables a la Escuela Politécnica o la Escuela Nacional de Administración francesas, impera hoy la sensación de que se ha sepultado simbólicamente el mito de la educación pública como mecanismo igualador de oportunidades. Pese a la extrema militancia verbal de los responsables de la educación nacional y popular –no todos kirchneristas- sus barbas quedan en remojo.
El pequeño grupo de personalidades con alma de rubios agrupado en torno al núcleo del Newman mostró un temple glacial y una persistencia propia de evangelistas, conquistando la Presidencia en un final de bandera verde. Sorprendió a los mejores analistas políticos de nuestro país, que invariablemente predicaban la conveniencia de una “construcción amplia” de una cruzada indiscriminada que pudiera vencer la barbarie kirchnerista.
La sospecha ahora es que esa manera de hacer las cosas, que les sirvió para conquistar el gobierno (que no el poder; no todavía) sea proyectada a la manera de ejercerlo. Preocupa a expectantes “socios y amigos” la dureza y contundencia con que los ex chicos del Newman encaran las cuestiones; que no consulten, no avisen, no pidan permiso, ni pidan perdón. Les sorprende amargamente la posibilidad de que un remedo light de la Logia Lautaro -edulcorado con un confesionalismo ambiguo y superficial- nos haya engañado a todos con cotillón berreta (*) y bailecitos ridículos, y se rebele y revele como un grupo agresivo, un garrón (**) difícil de masticar, que no respeta las formas en que los grupos de poder y las burocracias se han manejado siempre respecto de cualquier cabeza aparente de turno.
Los chicos nuevos del barrio, en sus primeros días a cargo, han enarbolado su espíritu de grupo, han tomado y defendido decisiones ásperas, y le han pegando en las costillas a alguno que se creía acreedor a una caricia. Es probable (quizás muy probable) que este ímpetu dure poco, que alguno de estos gestos duros salga mal y algunos de los chicos deban juntar los dientes del piso. Pero mientras dure, es digno de observar.
(*) De Mala calidad
(**) Mal trago