lunes, 24 de junio de 2013
El talón de Aquiles del Lulismo
Por José VALES , para SudAmericaHoy (SAH)
 Con los años, la política y el fútbol en Brasil, tuvieron una simbiosis tal que era muy difícil concebir una actividad sin la otra. Para muestras ahí está el secuestro del embajador estadounidense, Charles Burke Elbrick en 1969 a manos de un grupo guerrillero el Movimiento Revolucionario 8 de octubre (MR-8).
Cuatro días después fue liberado en las inmediaciones del estadio Maracaná, aprovechando que se jugaba el clásico Flamengo-Fluminense. Meses más tarde sería el mundial de 1970 en México. Mientras aquel genial equipo compuesto por Pelé, Edú, Rivelinho, Jairzinho, Tostao, Carlos Alberto, Clodoaldo, Wilson Piazza y Felix, entre otros, mostraba su supremacía en el Azteca, dentro del país, la dictadura de Emilio Garrastazú Medici, desataba una fiebre de desapariciones y torturas, que recién hoy y por orden de la presidenta, Dilma Rousseff se está investigando.
El hecho de ser sede del Mundial y de los Juegos Olímpicos nada más que con la diferencia de dos años, había sido celebrado por todos. Era la coronación de ese nuevo Brasil del crecimiento económico con inclusión social que había inaugurado el gobierno de Luiz Inácio Lula Da Silva y había heredado su sucesora, Rousseff.
Lula, como político y como gerente de la marca Brasil en el mundo, es un milagro de esos que se dan pocas veces en la vida. Había fundado la Central Unica de Trabajadores (CUT) y el Partido de los Trabajadores (PT). A ambos les había dado una impronta de alternativa al resto de los sindicatos y de los partidos políticos tradicionales. Con cada elección perdida, desde la de 1989 con Fernando Collor, el PT se fue aggiornando un poco más, con cada elección. Cuando llegó al poder, en buena parte mediante un pacto para purificar la política con esa clase media que siempre le había sido esquiva,  la propuesta y el discurso de Lula ya se encuadraban en la socialdemócrata. Su poder de negociación era tal, que no descansaba. La necesidad de garantizar la gobernabilidad lo obligaba a transitar el mismo camino que sus antecesores. Los acuerdos partidarios en el Congreso, a cambio de cargos y prebendas. No había posibilidad de separar a lo peor de cada casa. Ellos también venían en el paquete, con sus mañas y su gimnasia corrupta encima.
Si a eso le sumamos los corruptos de cada organización, aún el PT que durante décadas proclamó la pureza, no le quedaba mucho espacio para no parecer más de lo mismo.
No obstante, su Gobierno fue histórico. Más de 40 millones de personas abandonaron la pobreza, la política internacional fue ambiciosa, aún cuando perdió más de lo que ganó en las crisis en las que intentó mediar, la economía creció a un promedio del 6 por ciento durante siete años y se fue del poder con la popularidad intacta y un liderazgo de “teflón”, ya que no lo rozaban los escándalos.
Su ex ministra Jefa de la Casa Civil, Dilma, mantuvo la continuidad pero debió luchar contra los casos de corrupción que le fueron reventando uno a uno. Se cargó a siete ministros en menos de un año, mostró su mejor imagen de una mandataria laboriosa, aunque con menos carisma que su jefe, pero debió mantener las mismas alianzas con el Partido Movimiento Demócratico Brasileño (PMDB) y otros partido menores, en tanto árbitro histórico de cuanto gobierno surgiera luego de la dictadura, y con personajes nefastos de la política local, como Renan Calheiros, el cuestionado presidente del Senado.
Tanto Lula como Dilma, como antes Fernando Henrique Cardoso, llegaron al gobierno prometiendo una reforma fiscal y una reforma política. Ambas urgentes y ambas pendientes. Nadie atinó a observar, ni siquiera los servicios de inteligencia, hasta dónde iba a llegar ese descontento que se manifestaba ya desde hace un año por lo menos, en las encuestas.
Fue el aumento del billete del transporte público, tan caro como en Londres y con un servicio tan malo como el de Buenos Aires, el que detonó el accionar del Movimiento Pase Libre (MPL), compuesto por jóvenes universitarios que se identifican con el Subcomandante Marcos. El grupo ganó la calle, convocó por Internet (esa herramienta que los políticos no terminan de digerir), y todo fue como encender la mecha de una bomba. Un artefacto explosivo que destruyó el delgado vínculo entre los políticos y la sociedad y lo que es peor, la relación simbiótica entre la política y el fútbol.
Millones de jóvenes y no tan jóvenes, en su mayoría de clase media (incluso, los clase-medieros que entraron al mercado de la mano de Lula) ganaron las calles. Todos son brasileños que soportan la presión fiscal más grande de América Latina. Al aumento del billete, se le sumaron los gastos por el mundial de fútbol, el intento gubernamental por sancionar una enmienda presidencial la PEC 37 para limitar el poder del Ministerio Público a la hora de investigar la corrupción, el intento por liberar a los presos del “Mensalao” y alcaldes, gobernadores, parlamentarios y todo lo que oliera a esa política que siempre quisieron que cambie..
Es la protesta de un sector que vio mejorar su nivel de ingresos pero no su calidad de vida y que por primera vez en la historia pide cambios radicales y éticos. Una palabra que inexplicablemente, la izquierda latinoamericana decidió abandonar de su vocabulario desde que llegó al poder en la última década.”Cuestiones morales”, que le llaman los kirchneristas en Argentina cada vez que alguien les habla de corrupción.Pero no hay que ser muy universitario para saber que la corrupción mata.  
Ahora la historia política de Brasil acaba de encontrar una bisagra. Esos jóvenes le ganaron la calle al PT, lo que lo convierte definitivamente en un partido más del universo de partidos de ocasión que pueblan el universo local. Y dejó al desnudo el talón de Aquiles del Lulismo desde que llegó al poder en 2003. Las componendas que se vio obligado a cerrar con todos aquellos que había combatido a lo largo de su dilatada carrera sindical y política.
Esta crisis encuentra a Dilma, en el inicio de una recesión económica, sin discurso y con iniciativas dudosas. Si lo que quiere es salvar a su Gobierno y lo que queda de política en el país, deberá poner orden en materia económica, soltarle la mano a José Dirceu y al resto de los involucrados en “el Mensalao” y avanzar sobre la Reforma Política. Una reforma que ya no la harán los políticos como lo habían prometido, sino los nuevos actores sociales y políticos que nacieron al calor de las protestas. O sea, los hijos de la democracia. De una democracia que no les cumplió muchas de sus promesas. Son tan hijos de la democracia como en Chile lo son los estudiantes universitarios. Sin cuentas con ese pasado, pero con necesidad de ajustar algunas con el presente. 
Después habrá tiempo para replantear el rol de Brasil en la región. Si puede o no puede liderar regionalmente, ahora que le surgió allí la Alianza del Pacífico, con México generando expectativas en todos los sectores y para seguir analizando la crisis país por país. Por ahora podemos dejarle a los lectores un link para saber por qué Argentina está dónde está y de la manera que está. Para saber lo que puede pasar en cualquier lugar de Sudamérica cuando las sociedades se cansan del autismo de los políticos, aquí estan Brasil y sus jóvenes con sus ocurrentes pancartas, como una que el domingo recorrió Copacabana e Ipanema en medio de la multitud. “Lula, se acabó el amor. Quiero mis bienes….” Nada ni nadie explicó mejor que ese texto el divorció entre la política y la sociedad que acaba de consumarse aquí.